lunes, 22 de diciembre de 2014

El Ave

Esta es la historia de un pajarito que pese a no abrir aún los ojos, sentía que algo de contextura dura le rodeaba, todo estaba oscuro y pegajoso. Pues, sin más remedio, continuó en su descanso y en su dormir. Luego de ya haber captado cierta sensación del paso del tiempo, sintiendo extraøos ruidos desde afuera del cascarón, es cuando siente un fuerte picoteo desde el exterior que no logró asustarle, pues cierta fuerza y presión provenían de una fuente inagotable de amor y bondad materna. El picoteo destruyó un costado del huevo, de donde, entra un poderoso rayo de luz blanca que, pese a que nuestro pajarito aún no abría los ojos, presentía de una y otra forma, debido a la temperatura, a la brisa y al aumento de los sonidos que afuera se desenvolvían. Sólo faltó un tanto más de presión para que poco a poco, la realidad oscura en la cual se había acostumbrado a vivir, se descascarara poco a poco. Es como si toda una concepción o pensamiento de que el mundo es de tal y tal forma, fuese destruida como el espejo que cae al suelo, en donde cada uno de los pedazos reflejan la estupefacción reflejada en nuestro rostro o el susto de creer o no, en los viejos mitos que hacen referencia a los sortilegios que le relacionan. Ese ensimismamiento no provino del pequeøo corazón del pajarito, pues sólo de él brotaba una curiosa alegría, primera sensación de júbilo que creyó haber sentido, ya que antes todo era descanso y la aparente mentira de una eterna espera, que luego del presagio, a su fin ha llegado.

Volvió a transcurrir un tiempo, todo el periodo análogamente anterior se había caracterizado de caricias, de amor, de exóticas comidas que se movían antes del segundo o tercer mordisco y de la irradiación de calor proveniente de seres, que al parecer, tenían mucha similitud con su propia complexión, eran sus hermanos, habitando en el seno de una madre pájara que con la bondad de una creadora, que ha traído a la luz vida desde su interior, cuida y protege bajo el amparo de su experiencia y sabiduría del mundo exterior.

Poco a poco, un resplandor lumínico entraba en la consciencia nerviosa del pajarito, pues sus ojos más y más se abrían hasta que un día totalmente se abrieron y pudo contemplar la grandiosidad de una imagen que jamás nunca ha de olvidar. Tras ramitas del nido en que vivían, hermanos menores y hermanos mayores, en completa y desgarradora espera materna, se lograba divisar un glorioso cúmulo de colores a la lejanía, sostenidos gracias al pilar del océano que más abajo se encontraba, increíblemente calmo y paciente, reflejando el actuar maravilloso del cielo y de sus nubes, en donde estas últimas se apreciaban con edonismo y placer, conscientes de su suprema magnificencia.
Esa imagen nunca se borró del corazón del pequeøo ave, que de la oscuridad a la luz había pasado. La brisa marina peinaba sus aún escasos cabellos al son del viento que acongojaba la situación.

La vida era tranquila y cumplía un ciclo sabio de supervivencia. La madre tres veces al día volvía con alimento para toda la camada. Nuestro pajarito aún así, siempre se sintió diferente al resto de sus hermanos. Sentía desde lo más hondo de su ser, que algo poseía y que le hacía distinto, no compartía los mismos movimientos ni la misma senda energética, en fin, fue algo que no le importó.

Un día, la madre no llegó. Uno de sus hermanitos, el más valiente, decide bajar del nido y todos decidieron seguirle. Cantaron en manada por la cima de los árboles, aún sin mucha experiencia, sólo lo recordado por las cortas clases que hubo de brindarles su madre. Nuestro pajarito al final se quedaba, pero no por ello la potencia de su cantar era opaca, al contrario, disfrutaba su libertad con cada menear de sus alas. Algo en sí, los unía a todos, que era la melancolía del cambio de etapa, recordando un preciado ayer en donde todo era más fácil y más inocente, tal cual la época de la infancia para el niøo humano. Ahora había que cazar y buscar la forma de sobrevivir.


Una vez volviendo al nido, no faltó mucho tiempo para la captura. Tan sólo una red dominaba los sentidos, el temor paralizaba y destruía la realidad, lo que pensaban que era la única realidad existente y los únicos seres que en tal universo habían de habitar.

Volvió la oscuridad y un infernal ruido se descubría a través de esta nueva y horripilante realidad. Una vez quitada la manta que cubría la visión de nuestro Ave, encontrásese esta solitaria, bajo un conjunto de andamios metálicos en donde no se podía lograr escapatoria alguna aparente. El ave estupefacta observa a dos entidades que él jamás había observado, eran gigantes en comparación a su tamaøo y poseían un cuerpo que constaba de piernas, brazos, tronco y rostro. Humanos. Sensación que ya había vivido cuando a través de los ojos de su madre, un día que fue a buscar alimento, aún proyectaban y que nuestro ave pudo observar filosóficamente de los mismos. Pues ahora todo tenía una mejor explicación.

La vida con los humanos le resultaba interesante, ya que solían adorarle, sobre todo cuando cantaba por las maøanas y bailaba al son de su propia melodía. La vida en la Jaula se nutría en base a ciertos alimentos extraøos, sintéticos, lejanos al sabor delicioso de un gusano de la tierra.
Vivían tres humanos en este descomunal nido de ladrillos y cemento. Aveces venían otros, pero eran visitas. Todos le observaban y se maravillaban con la hermosura de sus alas y de su pico amarillo. Pues este ave, maduro y creció gracias al conocimiento y leve comprensión de la vida de estos seres. Mientras no actuaba ni se movía, se dedicaba a observar un hermoso cuadro que tenía justo en dirección hacia él, en este último un hermoso ocaso limpiaba el lugar. Olas que sostenían un cúmulo de colores en diversas direcciones, iluminados por un Sol apunto de esconderse para dormir al final del horizonte. Este cuadro le recordaba su antiguo hogar y se volvió en su motivo de obsesión. Pues deseó y precisó el hecho de que lo volvería a alcanzar, de una u otra forma, pero lo volvería a observar.


Un día la Jaula quedó semi abierta y sin duda, nuestro pajarito, hábil de nacimiento, no pudo resistirse al escape de la misma. De inmediato el estrés comenzo a disminuir de sus alas, las cuales han sido creadas para largas distancias, aun así se sentía verdaderamente cansado, no tenía fuerzas ni tampoco tenía energías. Cayó al suelo inmediatamente, tuvo que concentrarse para lograr volver a volar. Una vez que comenzó a andar en círculos por la habitación y decidiendo salir por una vista que daba hacia un patio, chocó fuertemente con un vidrio que la cubría, cayendo al piso y perdiendo el conocimiento.


Oscuridad nuevamente. Al despertar atontado, se encontraba de nuevo dentro de la jaula, observado por sus humanos preocupados, los cuales a su suerte, no dejaban de ser unos buenos humanos.

Frustración, tristeza y alas atrofiadas. Esas sensaciones dominaban su ser. Poco a poco, la preocupación del cómo huir, pues su naturaleza y cada partícula que le componían, querían salir y volar a más no poder. Pues, no había nacido para estar en cautiverio. Solía pensar en sus hermanos, en el arcaico pero cómodo nido y pensaba a su vez, en su madre, en qué habrá sido de ella y de toda esa hermosa realidad, en donde la inocuidad reinaba y en donde todo era perfecto.
Al no poder participar de la realidad exterior, comenzó a sumirse en su realidad interior, pero todo era oscuro, no había felicidad, todo era aparente y nada comenzó a tener sentido en su vida.
Cuando era la hora de cantar para un público expectante, ya no lo hacía con las necesarias energías, defraudando a su entorno. El brillo de sus plumas ya no era el mismo y su mirada cada vez más se perdía entre deseos y recuerdos, que transcurrían en densos ciclos de imágenes frente a las dos bolitas negras de sus ojos.
Ya la vida no tenía sentido y la luz que alguna vez creyó sentir a ojos cerrados, comenzaba a disolverse y a desaparecer. Los pedazos del cascarón volvieron a construirse, dejándolo atrapado dentro de él.

Mientras comenzaba a dormirse a lo inevitable, difusos estallidos ruidosos azotaban su mentecilla. Se revolcaba dentro de su cascarón bizcoso y se acomodaba para dejarse, lentamente, ir. Los estallidos eran molestos y sólo quería dejar de oírlos. Todo se calmó, expirando un último suspiro póstumo.
Mientras quería irse en esa oscuridad, sentía que no podía, comenzó a presionarse a sí mismo para poder continuar el sendero de las tinieblas, pero algo le atraía nuevamente. El misterio de la oscuridad se vio opacado, una leve luz comenzó a nacer del centro de él hasta que lleno toda la habitación. Un chispazo de esperanza brotó y le despertó bruscamente de toda la situación. Observo la habitación humana y comprendió que todo el cascarón había sido una mentira.

Su consciencia había cambiado, espero y espero hasta que la jaula quedara nuevamente semi abierta. Pues no dudo en escapar. Comprendía que no debía irse por esa ventana y prefirió ocupar sus capacidades sensoriales, se dejó llevar por una brisa que entraba por la rendija de una puerta, así traspasó el umbral de dicho cuarto, entrando a otro y en otro. Una humana lo vio e intento agarrarle, llamó a los otros humanos, pero nadie pudo y más seguro de si mismo, al encontrarse sin escapatoria, decidió volar a toda potencia por lo que parecía una nueva trampa, una "salida" similar a la que se había golpeado la vez anterior. Pero no había otra opción. Mientras le perseguían, voló y voló sin que le inundase el miedo por volver a golpearse y regresar al cautiverio. A medida que la ventana más y más se acercaba, imágenes rodeaban su ser, su madre, sus hermanos, el ocaso, el nido, hermosas situaciones que le avisaban que hacía lo correcto, que no dejase de perseguir la brisa!. Sin duda traspasó el umbral, la ventana estaba abierta, la casa se hizo cada vez más y más pequeøa, el patio de la casa, árboles, calles, vecindarios, todo quedaba ínfimo. La felicidad y el vigor eran toda su existencia.

Conoció el mundo, viajó a múltiples lugares. Ciudades, parques, lagunas. Conoció a otros de su especie con los cuales pudo mantener amistad momentánea, luego volvía el infinito a llamarle partiendo hacia su inmensidad. Se relacionó con otros humanos y les cantaba mientras ellos paseaban o cocinaban, deleitándole el placer de los oyentes que le prestaban atención a los sonidos que nuestro pajarito emitía con fervor. Aun así, aún no encontraba el Mar.
Durmió, comió y sintió el regocijo de la naturaleza que le volvía a abrir los brazos.
Transcurrió el tiempo, ya vieja nuestra avecilla. Luego de viajar grandes kilometros, sintió la brisa húmeda del mar acariciando su rostro de Ave, el cual no lucía igual, ya estaba mayor y sólo le quedaban fuerzas para volver a sentir la imagen de forma corpórea.
Es así como una inmensidad de colores se formaban a medida que el sol bajaba. Rojo, rosado, azul, celeste, blanco, etcétera. Todo el espectro lumínico y más, todas sus infinitas variantes se sacudían frente a sus bolitas de ojos negras. Que maravilloso fue el momento en que sintió estar sobre el regazo de su madre, sintió su amor, su calor y el grito hambriento de cada uno de los hermanos con los que se crió. Si bien se sintió diferente, ya no habían diferencias, se sintió no solo parte de ellos, si no de toda la existencia y de todo el mundo que se alzaba en su superficie.
Voló y mientras lo hacía, mientras todo su ser se manifestaba en la fuerza de su galopar, descansaba y decidió que ese sería el momento de partir.

Voló y voló al ocaso, pues este resultaba interminable. La ciudad quedaba atrás, ya todo era agua y el firmamento. Voló y voló hasta que se perdió en la imagen que tanto deseó. Voló hasta que ya no existen cálculos, pues en el resplandor de dicho ocaso, entró y se refugió hasta el fin de su eternidad.



D.L.



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